Tratado de
anatomía: la inscripción del texto y la oración umbilical
by
manuel
j. angulo
Tengo la impresión
(sana, por supuesto) de que todas las épicas locales empiezan
invocando a las musas de lo añejo con un érase una vez. Y después de
dejar claro que nunca hubo un tiempo mejor y que no hay otro lugar
como el hogar, y tras citar un rosario de viñetas de lo real
maravilloso y contar las mil y una aventuras de todos esos héroes de
la intrahistoria, el ávido lector de bellas palabras siente la
necesidad de darse golpes de pecho y llorar la lejanía del locus
amoenus. Es por eso que después de tan sano ejercicio en pro de la
perpetuación de la memoria de los pueblos uno se levanta rabioso y
maldice sin consuelo el adviento de estos tiempos postmodernos.
Sin duda es este uno de
los mejores momentos para retrotraerse a la condición del feto y
volver, una vez más, a cuestionarse la validez del ombligo como
origen de toda forma de conocimiento, como marca física de la
independencia del individuo y principio de todo lo incierto. Porque
es este el trauma más insoportable que jamás haya de experimentar el
ser humano, que habrá de mirarse el ombligo eternamente en busca de
aquello que perdió al ser desterrado sin aviso de su pequeño paraíso
amniótico. Y así, siempre, cualquier separación del origen que nos
ata al principio de la vida nos induce a la búsqueda eterna del
consuelo umbilical para intentar encontrar el texto, sagrado e
irrefutable, que explique de forma clara y concisa los entresijos de
lo que fuimos y ayude a aliviar el desasosiego de vernos
desprovistos de identidad. Es ahí, en ese pequeño agujero de fondo
inmediato, donde se hallan todas las palabras que habrán de definir,
de forma plástica e indeleble, eterna e inmutable, qué somos y qué
hemos de ser por los siglos de los siglos. La repuesta
inquebrantable es el locus standi del AMÉN. Por eso, metemos el dedo
en la llaga y repasamos la superficie de la cicatriz universal a
todas horas, para orar sin trabajar según los preceptos de esta
mántrica ceguera.
Si me
preguntasen qué es lo mejor de estar lejos de casa, les diría que
posiblemente eso, la distancia que permite mirarse el ombligo con
otros ojos, porque cuando uno se mira tanto y siempre desde el mismo
sitio, al final le sale joroba y no hay fisioterapeuta que pueda
corregir tantos años de postura viciada. Y si me preguntan qué es lo
más raro de estar lejos de casa, les diría que, quizá, la incómoda
sensación de que verse desde otro ángulo a veces no sirve para
descubrirse nuevas sombras y recovecos en la extraña anatomía del
propio cuerpo.
Después de algún tiempo
fuera de casa, si he visto cosas, son ombligos. Por todas partes. De
Nueva Orleáns a San Francisco he visto varios, en Nueva York miles,
en las Carolinas y en Virginia he visto dos tal vez, y en Washington
DC uno sólo, pero muy grande. He visto ombligos blancos, ombligos
negros, asiáticos y mexicanos. Muy pocos ombligos europeos, pero
muchos europeizados. Los he visto de uno, de dos y de tres colores,
y a veces en tonos que nadie sabía que existieran. Hay ombligos
individuales, colectivos, anónimos, ocultos, explícitos, herniados y
de quita y pon. Hay muchos, muchísimos, y cada uno con un relieve
único y peculiar, con tantos textos diferentes que, a veces, no hay
forma de leerlos.
En este instante extático,
al contemplar la diversificación de lo sagrado-universal en tantos
otros ombligos, el ojo extranjero es capaz de leer otros textos y
diferir su sentido original con la intolerancia inocente del que
desconoce cuerpos diferentes. Es entonces cuando sucede el milagro:
el ojo que observaba el texto extraño deja de observar, y el dedo
que recitaba las palabras inscritas en el ombligo propio deja de
recitar, de modo que la blasfemia foránea se traduce en la
conciencia del propio texto y de su relatividad. Aquí, esa seguridad
altiva que nos aportaba la cicatriz original se transforma en pudor
al verse desnudo, porque el ojo que observaba puede leerse a sí
mismo, y el dedo ya no toca su propia piel, si no que se atreve a
circunscribir la circunferencia de otros ombligos.
Al regresar al hogar uno
siente la necesidad de palparse todos los miembros para hacer
recuento y averiguar cuánto ha ganado y cuánto ha perdido. Una vez
más el dedo se toca la llaga, que ahora sangra, y encuentra que el
fondo se ha ido más lejos. Busca entonces la superficie áspera del
texto y descubre que la ha erosionado el tiempo. La sensación es
extraña, porque la experiencia de haber observado el ombligo ajeno
ha despertado un instinto asesino cuyo objeto son todos los textos.
Y aún así, al tocar la tierra propia de nuevo, uno ve que el mundo
sigue igual, que tiene un ojo en la frente y que con el dedo se
busca la llaga al mismo tiempo que sus labios recitan siempre las
mismas palabras: érase una vez a la que me aferro, en la que no
había lugar tan artificial e incierto como este locus amoenus.
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Copyright © 2005 Manuel J. Angulo